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Perfiles Criminales: Un Análisis Clínico‑Académico de la Criminología Forense, la Psicopatía y la Técnica del Perfil Criminológico
Referencia principal: Garrido, V. (2011). Perfiles criminales: Un recorrido por el lado oscuro del ser humano. Ariel.
1. Introducción: Criminología y Perfilación Criminal
La criminología forense ha experimentado en las últimas décadas un desarrollo extraordinario, impulsado tanto por los avances en las ciencias del comportamiento como por la creciente demanda social de herramientas eficaces para la investigación criminal. En este contexto, la obra Perfiles criminales: Un recorrido por el lado oscuro del ser humano (Garrido, 2011) se erige como un texto de referencia en el ámbito hispanohablante, ofreciendo una síntesis rigurosa y accesible de la técnica del perfil criminológico y su aplicación a las diversas tipologías delictivas.
Vicente Garrido, catedrático de Criminología de la Universidad de Valencia y uno de los pioneros en la introducción del profiling en España, estructura su obra en dos partes complementarias. La primera expone los fundamentos teóricos y metodológicos de la perfilación criminal, abordando categorías como la psicopatía, el asesinato serial, el secuestro, los delitos sexuales, los incendios intencionados y el análisis lingüístico forense. La segunda parte presenta un análisis detallado de casos emblemáticos —desde el asesino de la baraja hasta BTK, pasando por el monstruo de Florencia o los ángeles de la muerte— que ilustran la aplicación práctica de los conceptos previamente desarrollados.
El presente ensayo clínico‑académico tiene como objetivo analizar las contribuciones de Garrido (2011) desde un marco científico riguroso, estableciendo conexiones con la literatura especializada en psicología criminal, neurociencia forense y criminología. Se examinarán los fundamentos del profiling, la conceptualización de la psicopatía y el asesinato serial, y las aplicaciones de la perfilación a diversos ámbitos delictivos, todo ello bajo una perspectiva que busca integrar la evidencia empírica con la experiencia profesional que el autor despliega a lo largo de su obra.
«El principio del intercambio de Locard dice que cualquier persona o cosa que entre en una escena del crimen deja algo en ella, y también se lleva algo cuando sale. Para los perfiladores lo que deja son sus decisiones, sus actos, un «significado» de lo que ha querido decir con el crimen que tenemos que desentrañar, esto es, huellas de comportamiento o huellas psicológicas.»
— Garrido, 2011, p. 19
2. Psicopatía y Asesinos en Serie
2.1 Conceptualización Clínica de la Psicopatía
Garrido (2011) dedica el primer capítulo de su obra a establecer las bases conceptuales de la psicopatía, presentándola como un trastorno de personalidad caracterizado por un conjunto de rasgos interpersonales, afectivos, conductuales y antisociales. El autor describe con precisión las facetas del psicópata: «En el ámbito interpersonal, los psicópatas se caracterizan por poseer encanto superficial, narcisismo o grandioso sentido de la autoestima, mentir de manera patológica y emplear con maestría la manipulación y el engaño. Por lo que respecta a la faceta afectiva, destaca la falta de sentimientos de culpa, la ausencia de empatía y las emociones superficiales» (p. 10).
Esta caracterización coincide sustancialmente con la conceptualización de Hare (1991), quien desarrolló la Psychopathy Checklist‑Revised (PCL‑R), el instrumento de evaluación de la psicopatía más validado internacionalmente. La PCL‑R estructura la psicopatía en dos factores: el Factor 1, que agrupa los rasgos interpersonales y afectivos (encanto superficial, grandiosidad, manipulación, falta de remordimiento y empatía, emociones superficiales), y el Factor 2, que recoge los aspectos conductuales y antisociales (impulsividad, irresponsabilidad, conducta parasitaria, versatilidad delictiva). Garrido (2011) presenta esta estructura factorial en el capítulo dedicado a los psicópatas sexuales (pp. 94‑95), subrayando la importancia de distinguir entre el diagnóstico de psicopatía según la PCL‑R y el diagnóstico de trastorno antisocial de la personalidad del DSM‑IV‑TR, que, al centrarse casi exclusivamente en los aspectos conductuales, genera una prevalencia mucho más elevada y, según el autor, menos específica.
2.2 Psicópatas Integrados y Psicópatas Criminales
Una de las aportaciones más relevantes de Garrido (2011) es la distinción entre psicópatas criminales —aquellos que manifiestan un historial delictivo desde jóvenes, con alta impulsividad y versatilidad criminal— y psicópatas integrados, que presentan un mejor control de los impulsos y planifican más cuidadosamente sus actos. El autor señala que «muchos psicópatas integrados —la mayoría— no son delincuentes, por más que su compañía sea fuente de dolor para quienes les rodean. Pero algunos, por razones que aún no se conocen, explotan con un gran acto de violencia en edad ya bien adulta» (p. 11).
Esta distinción encuentra eco en la literatura académica sobre la heterogeneidad del constructo de psicopatía. Skeem et al. (2011) han argumentado que la psicopatía no es una categoría homogénea, sino que existen subtipos con diferentes trayectorias vitales y manifestaciones clínicas. Los psicópatas «primarios» (análogos a los descritos por Garrido como criminales) se caracterizarían por un déficit afectivo constitucional, mientras que los «secundarios» presentarían una mayor reactividad emocional asociada a experiencias traumáticas tempranas. La categoría de «psicópata integrado» propuesta por Garrido se alinea con lo que la literatura anglosajona denomina successful psychopaths (psicópatas exitosos): individuos que, pese a poseer los rasgos nucleares de la psicopatía, han logrado evitar el sistema de justicia penal, canalizando sus tendencias manipuladoras y su falta de empatía hacia contextos socialmente aceptados como los negocios, la política o determinadas profesiones (Lilienfeld et al., 2015).
2.3 Asesinos en Serie: Conceptualización y Motivación
Garrido (2011) define al asesino en serie como «la persona que mata a dos o más en diferentes momentos temporales, en una discontinuidad anímica que hace que los hechos sean independientes» (p. 12). A través del caso de Anatoli Onoprienko —el «diablo de Ucrania»— y del doctor Henry Holmes, el autor ilustra cómo el control, la necesidad de dominio y el narcisismo patológico constituyen el núcleo motivacional de estos criminales. La afirmación de Onoprienko —»Soy alguien único, hago cosas que nadie más hace. Todos esos crímenes fueron hechos únicos» (p. 12)— revela, como señala Garrido, el narcisismo característico de los psicópatas criminales, que «se consideran legitimados para tomar la vida y las propiedades de quienes se les antoje» (p. 13).
La investigación contemporánea sobre asesinos en serie ha corroborado estas observaciones. Hickey (2015), en su exhaustivo análisis de cientos de casos, identificó el control y el poder como los motores fundamentales del homicidio serial. De manera complementaria, los estudios neuropsicológicos han documentado que los déficits en la corteza prefrontal —región implicada en la inhibición de impulsos, la planificación y la toma de decisiones morales— están presentes en una proporción significativa de homicidas violentos, particularmente en aquellos que actúan de modo premeditado y sádico (Raine, 2013).
Garrido (2011) introduce, además, la distinción entre violencia reactiva (hot violence) y violencia proactiva o instrumental (cool violence), señalando que los psicópatas se orientan especialmente hacia esta última: «una agresión premeditada o «fría», dado que el deseo de explotar a los otros, emparejado con la falta de empatía por lo que les puede ocurrir, les permitiría planear con antelación esquemas de engaño y de manipulación» (p. 12). Esta distinción es fundamental para comprender la conducta del asesino en serie, quien, a diferencia del homicida impulsivo, actúa de manera depredadora, seleccionando a sus víctimas y planificando sus crímenes —al menos en las fases más avanzadas de su carrera criminal— para satisfacer sus fantasías de dominio y control.
3. La Técnica del Perfil Criminológico
3.1 Fundamentos Metodológicos y Evolución Histórica
Garrido (2011) traza la evolución del profiling a través de cuatro etapas que reflejan la progresiva maduración de esta disciplina forense. La primera etapa, denominada del «diagnóstico clínico» (años cincuenta), fue protagonizada por psiquiatras y psicoanalistas que elaboraban perfiles a partir de la evaluación psicopatológica, siendo el caso de George Metesky —el «bombardero loco»— y el perfil realizado por el Dr. Brussel el ejemplo paradigmático. La segunda etapa corresponde a la Unidad de Ciencias de la Conducta del FBI, que sistematizó el análisis de la escena del crimen y desarrolló la tipología de asesinos «organizados» y «desorganizados» (Douglas et al., 1986). La tercera etapa, liderada por la escuela de Liverpool bajo la dirección de David Canter, introdujo una aproximación estadística y el perfil geográfico como herramientas complementarias. Finalmente, la cuarta etapa —el Behavioural Investigative Advice (BIA)— amplía el cometido del perfilador a tareas como la vinculación de delitos, la evaluación del riesgo y el asesoramiento en interrogatorios (Alison et al., 2010).
3.2 Modus Operandi, Firma y Perfil Geográfico
Uno de los pilares conceptuales del profiling que Garrido (2011) expone con claridad es la distinción entre modus operandi y firma del delincuente. El modus operandi se refiere a las «elecciones y conductas por las que [el criminal] pretende consumar un delito» (p. 20), incluyendo el método de aproximación a la víctima, el momento del día, el arma utilizada y las conductas de precaución para evitar ser capturado. La firma, en cambio, constituye «los rituales o conductas que revelan las fantasías del delincuente» (p. 20), tales como la selección de un determinado tipo de víctima, mutilaciones, formas específicas de disponer el cadáver o la sustracción de trofeos.
Como señala Garrido (2011), «cuando analizamos esa conducta de firma, conjuntamente con el modus operandi, podemos llegar a concluir qué es lo que motivó al delincuente a cometer el crimen: venganza, ira, sadismo, sexo, lucro o mostrar lealtad a alguien» (p. 20). Esta distinción resulta fundamental en la práctica investigadora, pues mientras el modus operandi puede evolucionar con la experiencia del delincuente —haciéndose más sofisticado o deteriorándose—, la firma, al expresar necesidades psicológicas profundas, tiende a permanecer relativamente estable a lo largo de la serie criminal (Keppel, 2000).
El perfil geográfico, desarrollado fundamentalmente por Rossmo (2000) y Canter (2003), constituye otra herramienta esencial en el arsenal del perfilador. Garrido (2011) explica que los delincuentes, al igual que cualquier persona, poseen un «mapa cognitivo» que refleja los lugares que conforman su vida ordinaria. La mayoría de los asesinos en serie actúan como «merodeadores»: «salen a cazar y luego vuelven a la madriguera» (p. 21), cometiendo sus crímenes en una «zona de confort» situada más allá de un perímetro de seguridad próximo a su residencia. El caso de BTK (Dennis Rader), analizado en profundidad en la segunda parte del libro, ilustra paradigmáticamente este patrón geográfico.
3.3 El Problema de la Consistencia y la Inferencia Abductiva
Con un rigor poco frecuente en la literatura divulgativa, Garrido (2011) aborda las limitaciones metodológicas del profiling, identificando dos problemas fundamentales de consistencia. El primero atañe a la consistencia en el actuar criminal del sujeto en diferentes escenas del crimen —presupuesto necesario para el análisis de vinculación—; el segundo, más problemático, se refiere a la «proyección de los atributos del criminal en su comportamiento en la escena del crimen» (p. 31). Como advierte el autor, «éste es el punto más débil del método, el más difícil de realizar con veracidad, porque exige demostrar que la personalidad y el estilo de vida del sujeto, junto con otros atributos como la edad o el sexo, definen un conjunto de obsesiones y necesidades que se plasman necesariamente en sus actos criminales» (p. 31).
Siguiendo a Verde y Nurra (2009), Garrido (2011) define el razonamiento del perfilador como un proceso de «abducción» —término acuñado por el filósofo Charles Peirce—, mediante el cual «de los antecedentes o datos de que se dispone nunca se tiene la seguridad de que lo que se concluye sea cierto» (p. 32). El perfilador no necesita que su «narración» sea completamente cierta; basta con que «los hechos que suministre a la policía con su relato supongan un impulso en la dirección correcta hacia la resolución del caso» (p. 32). Esta honestidad epistemológica constituye una de las virtudes más destacables de la obra, al evitar las hipérboles que con frecuencia acompañan a la presentación mediática del profiling.
4. Aplicaciones del Profiling a Diversas Tipologías Delictivas
4.1 Secuestro
Garrido (2011) dedica un capítulo monográfico al delito de secuestro, presentando una tipología basada en la investigación de Concannon (2008) que distingue entre secuestro doméstico, secuestro predatorio de víctima adulta, secuestro predatorio de víctima infantil, secuestro económico y secuestro por venganza. Para cada categoría, el autor detalla la victimología, el lugar del secuestro, el modus operandi y los resultados típicos (muerte o supervivencia de la víctima), proporcionando así una guía sistemática para orientar la investigación policial. La inclusión del estudio de Liu et al. (2008) sobre la carrera criminal de los secuestradores añade una dimensión empírica que refuerza la utilidad práctica de esta sección.
4.2 Incendios Intencionados
La aplicación del profiling a los incendios provocados constituye uno de los desarrollos más innovadores presentados en la obra. Garrido (2011) expone la tipología de Kocsis (2002) y la complementa con el modelo de las dos facetas de Canter y Fritzon (1998), que distingue entre incendios dirigidos a personas u objetos, y entre un modo expresivo o instrumental de cometerlos. El cruce de ambas facetas genera cuatro «temas» de incendios que se asocian a diferentes perfiles de incendiarios. La presentación de un caso real de perfilación de un incendiario serial en Finlandia (Santtila et al., 2002) permite al autor ilustrar el proceso completo de elaboración de un perfil, desde el análisis de las acciones de la escena del crimen hasta la predicción del lugar de residencia del sospechoso mediante la hipótesis del círculo de Canter.
4.3 Análisis Lingüístico Forense
El capítulo dedicado al caso de Unabomber (Theodore Kaczynski) constituye una de las secciones más fascinantes del libro y una excelente introducción al análisis lingüístico forense. Garrido (2011) relata cómo el agente del FBI James Fitzgerald logró, mediante el análisis meticuloso de más de 40.000 palabras del manifiesto de Unabomber, identificar patrones lingüísticos, expresiones idiosincrásicas («lógicos de cabeza fría») y referentes ideológicos que, combinados con las cartas familiares proporcionadas por el hermano del sospechoso, permitieron generar un informe de 50 páginas con cerca de 700 comparaciones que resultó determinante para obtener la orden de registro de la cabaña de Kaczynski.
El autor no elude las limitaciones de esta técnica, señalando —de la mano de Aked et al. (1999)— que «ninguno de [los] índices o técnicas ha demostrado tener la suficiente fiabilidad y validez para considerarlos como «seguros» en la determinación de la autoría de un texto» (p. 128). No obstante, argumenta que cuando se dispone de una gran cantidad de documentos —como fue el caso de Unabomber—, el análisis lingüístico forense puede alcanzar una notable precisión y constituir una herramienta valiosa para la investigación criminal.
5. Casos Paradigmáticos en la Historia del Perfil Criminológico
5.1 BTK: El Psicópata Integrado
El caso de Dennis Rader —BTK (Bind, Torture, Kill)—, al que Garrido (2011) dedica un extenso capítulo, ilustra de manera ejemplar el concepto de psicópata integrado. Durante más de treinta años, Rader compaginó una vida aparentemente convencional —casado, padre de dos hijos, presidente de la congregación luterana, empleado de una empresa de seguridad y, posteriormente, supervisor de cumplimiento de ordenanzas municipales— con una carrera criminal que incluyó diez asesinatos particularmente sádicos. Como señala el autor, Rader era «un hombre respetable, de perfil muy bajo. Y además, padre de familia y de misa dominical. Uno entre miles, sin ninguna característica sobresaliente, un tipo de cerveza y barbacoa, sin antecedentes penales, sin motivos, sin comportamiento violento o antecedentes previos» (p. 233).
El análisis que Garrido (2011) realiza del caso BTK pone de relieve varios aspectos cruciales para la comprensión del asesino en serie psicópata: la meticulosidad en la planificación (Rader denominaba trolling a la búsqueda de víctimas y stalking a su seguimiento), la naturaleza ritualizada de los crímenes (expresada en su propia autodenominación: atar, torturar, matar), el deseo de notoriedad y comunicación con la policía y los medios (las cartas, poemas y paquetes que envió durante décadas), y el notable autocontrol que le permitió permanecer inactivo durante largos períodos. La captura de Rader en 2005, propiciada precisamente por su necesidad de reconocimiento —fue él quien envió un disquete a la policía preguntando si podía ser rastreado—, constituye una lección magistral sobre la psicología del asesino en serie y su talón de Aquiles: un narcisismo que, llevado al extremo, acaba por traicionarlo.
5.2 El Monstruo de Florencia: Mito y Realidad en la Investigación de un Asesino Serial
El «monstruo de Florencia» ocupa un lugar especial en la obra de Garrido (2011) por su singularidad criminológica. Entre 1974 y 1985, un asesino desconocido mató a siete parejas —catorce personas— en los alrededores de Florencia, siempre con la misma pistola Beretta calibre 22, empleando las mismas balas de la serie Winchester H y siguiendo un ritual que incluía la mutilación post mortem de la zona púbica de la mujer y, en ocasiones, del seno izquierdo. El autor señala que «todo el ritual revela ese mismo gran control […], la importancia de las conductas de la firma (extracción del genital femenino y posteriormente del seno izquierdo; exposición «vergonzosa» de la mujer; sustracción de un souvenir del bolso de la víctima)» (pp. 267‑268).
Garrido (2011) examina críticamente el perfil elaborado por el FBI en 1989 —que describía al asesino como un varón solitario, sexualmente impotente y con un odio patológico hacia las mujeres— y lo contrasta con la hipótesis defendida por el periodista Mario Spezi, quien señala a Antonio Vinci —hijo de Salvatore Vinci, probable cómplice en el doble crimen de 1968 que dio origen a la serie— como el sospechoso más plausible. El autor pondera las evidencias a favor y en contra de esta hipótesis, reconociendo la dificultad de atribuir a un joven de quince años los crímenes de 1974, pero recordando que «muchos asesinos en serie comienzan a una edad sorprendentemente temprana» y que Antonio Vinci «provenía de un entorno violento ya desde la cuna» (p. 269).
5.3 Los Ángeles de la Muerte: Asesinos en el Entorno Sanitario
El capítulo dedicado a los «ángeles de la muerte» —personal sanitario que mata a pacientes a su cargo— constituye una de las contribuciones más originales de la obra. Garrido (2011) analiza tres casos paradigmáticos: el doctor Harold Shipman (215 víctimas confirmadas), el enfermero Robert Díaz (doce víctimas mediante inyecciones letales de lidocaína) y el celador Joan Vila (once ancianos asesinados en la residencia La Caritat de Olot). A través de estos casos, el autor desmonta el mito de la «compasión» como móvil predominante en este tipo de asesinos y propone, en cambio, una motivación mucho más compleja: «la última razón de sus acciones es idéntica al de todo asesino en serie: lograr la excitación que da el poder de matar y que le permite llegar a un nivel diferente de existencia» (p. 282).
Esta tesis es particularmente relevante en el análisis del caso de Vila, quien declaró que mataba por «compasión», pero cuyos actos —el cambio de modus operandi de fármacos a lejía, los signos de lucha en al menos una de las víctimas, la aceleración de los crímenes en los últimos días antes de ser descubierto— contradicen frontalmente esa explicación. Garrido (2011) desenmascara la «compasión» como una racionalización post hoc que oculta una realidad más perturbadora: el sentimiento de euforia y omnipotencia —»como si fuese Dios»— que el acto de matar proporcionaba al agresor.
6. Discusión y Conclusiones
La obra de Garrido (2011) constituye, sin lugar a dudas, un hito en la literatura criminológica en español. Su principal fortaleza reside en la capacidad del autor para integrar tres dimensiones que rara vez concurren en un mismo texto: el rigor académico, la experiencia profesional en el análisis de casos criminales y una notable habilidad narrativa que hace accesible al lector no especializado conceptos complejos de la criminología forense.
En el plano teórico, el libro ofrece una sólida fundamentación de la técnica del perfil criminológico, presentando sus herramientas conceptuales —modus operandi, firma, perfil geográfico, victimología— y sus aplicaciones a tipologías delictivas muy diversas. La inclusión de la autopsia psicológica (capítulo 3) y del análisis de escenas simuladas amplía el horizonte del profiling más allá de su ámbito tradicional de los asesinos en serie, mostrando su utilidad en contextos tan variados como la determinación del origen de una muerte dudosa o la evaluación de alegaciones falsas de agresión sexual.
En el plano metodológico, Garrido (2011) demuestra una encomiable honestidad intelectual al reconocer las limitaciones del profiling —el problema de la consistencia, la naturaleza probabilística de las inferencias— y al presentar con ecuanimidad las críticas que desde la escuela estadística de Liverpool se han formulado a la tipología «organizado/desorganizado» del FBI. La postura del autor, que podríamos calificar de integradora, se resume en su afirmación de que «hemos de integrar lo mejor que podamos los hallazgos de esas tendencias diferentes metodológicas y, en la medida de lo posible, pegarnos a la evidencia de la escena del crimen» (comentario al anexo 6.1).
En el plano aplicado, los casos analizados en la segunda parte del libro constituyen una auténtica formación en investigación criminal. El análisis del caso de Nagore Laffage (capítulo 9) —donde el autor defiende, contra el veredicto del jurado, que la muerte fue un asesinato y no un homicidio— es un ejemplo de cómo la criminología puede contribuir al esclarecimiento de los hechos mediante un examen minucioso de las pruebas forenses, la victimología y el comportamiento post‑crimen del agresor. La reconstrucción alternativa que Garrido propone, basada en las botellas de coca‑cola, la llamada de la víctima a SOS Navarra y la inconsistencia de la amnesia declarada por el agresor, es un ejercicio modélico de razonamiento criminológico.
No obstante, cabría señalar algunas limitaciones. La obra, publicada en 2011, no incorpora los desarrollos más recientes en neurocriminología —como los estudios de neuroimagen funcional en psicópatas (Kiehl et al., 2011) o la investigación sobre los correlatos genéticos y epigenéticos de la violencia—, que podrían enriquecer la comprensión de las bases biológicas de la psicopatía y el asesinato serial. Asimismo, la creciente preocupación por los sesgos cognitivos en la elaboración de perfiles (Kocsis & Palermo, 2015) y la necesidad de someter las inferencias del perfilador a procedimientos de verificación más rigurosos son cuestiones que merecerían un tratamiento más extenso en futuras ediciones.
En conclusión, Perfiles criminales (Garrido, 2011) es una obra que combina de manera excepcional la divulgación científica de calidad con el rigor académico. Su lectura proporciona una comprensión profunda de la mente criminal, de las técnicas para su identificación y de los desafíos que la investigación criminal contemporánea debe afrontar. Como señala el autor en el epílogo, «la mayor parte del éxito es mérito de los investigadores, de los policías que patean la calle y hacen mil preguntas. Los otros sólo estamos ahí para ayudar cuando sea posible» (p. 290). Esta modestia, unida a la erudición que despliega, confiere a la obra una credibilidad que trasciende el género de la true crime para instalarse en el terreno de la criminología aplicada de primer nivel.
7. Referencias
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